[esp] Sofía Esther Brito - "Otros pasados para este presente": un feminismo constituyente desde "Adicta imagen" de Alejandra Castillo (La Cebra, 2020)

En su redacción original, el artículo 8º de la Constitución de 1980 prohibió la difusión de doctrinas que revelaran estar en contra la familia o promovieran la lucha de clases. Con el pack de reformas constitucionales que se acordaron luego, en el gobierno de Aylwin, la transición deroga este artículo 8º, en base al cual el Tribunal Constitucional ya había encarcelado y declarado “inconstitucional” al dirigente socialista Clodomiro Almeyda. La palabra derogado permaneció junto a este artículo en todas las ediciones de la Constitución hasta el año 2005, cuando la supuesta “Nueva Carta Fundamental” de Lagos lo reemplazó por lo que hoy conocemos como el principio de transparencia de los órganos del Estado. 

En las últimas décadas, la idea de órganos estatales transparentes ha tomado fuerza como mecanismo paliativo frente a la creciente desconfianza política. Los grandes casos de corrupción que sacuden a América Latina hacen visible el quiebre, la distancia entre clase política y sociedad. Claro que esa distancia no es con “la ciudadanía” en abstracto. El empresariado, es decir, los grupos intermedios a los que tanto protege la Constitución, constituyen aquel sector de la sociedad para el cual el Estado se ha erigido como protector. La transparencia estatal ha llegado a tal punto que ya no hay, como en épocas de la Concertación, una Bachelet que permita cubrir los intereses económicos de un Luksic. Detrás del papel celofán del Estado está Piñera: cuarto lugar de las más grandes fortunas de Chile -según informa la revista Forbes en abril de 2021- y presidente de la República. A pesar de gestos como el cambio de nombre de la Concertación a Nueva Mayoría para la campaña del segundo gobierno de Bachelet, y su reciente inscripción como “lista del Apruebo”; o, por otra parte, la emergencia del Frente Amplio cuya promesa/slogan principal fue “una política con las manos limpias”, y su apropiación de los significantes apruebo y dignidad para su campaña actual, se ve que la desconfianza en los partidos políticos no demuestra de ninguna manera ir a la baja. Al contrario, la independencia política parece ser la marca de novedad esperada en las candidaturas actuales,  aunque las evidentes diferencias en torno a la visibilidad pública nos hagan dudar de si el cambio de fuerzas en el plano institucional -que perfila este proceso constituyente- será efectivo.


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Tal como la revuelta del 2019, el feminismo fue materializando un significante común sin que la república masculina lo viese venir. Para la historia oficial, el movimiento feminista no se inserta ni siquiera en las políticas de la memoria. El fantasma de la dictadura fue presentado en los textos escolares como Gobierno Militar y a Pinochet, como presidente. Un mar de fotos en blanco y negro dejan preguntas abiertas sobre los nombres y biografías de los muertos. La Moneda en llamas fue quizás, la única imagen a la cual hacerse adicta en aquellos años previos al youtube. Su sensación de horror ante lo indecible, aquello para lo cual no se nos habían enseñado palabras. Probablemente, la alteración de ese imaginario en el tránsito al mayo feminista del 2018, lo viví desde la masificación del internet y las nuevas tecnologías que alteran la forma de habitar lo político. En medio del progresivo bombardeo de imágenes, algo del mochilazo del 2001, la revolución pingüina, el 2011 y las múltiples tomas por demandas locales, fue quedando como un resquicio que evidenciaba una incomodidad. En los espacios educativos, algunas compañeras comenzaron a acusar aquella masculinización de la política, que debían experimentar aquellas mujeres y disidencias que osaran tomar la palabra en las clases y asambleas. La eterna relegación de las cuerpas femeninas y feminizadas a la dimensión doméstica de la protesta, generó la necesidad de conformar espacios exclusivos para hablar del ser mujer, de género, de los feminismos. De este modo fueron resurgiendo transgresiones a la norma, esa que nos enseñó el tabú de la violencia sexual, y las violencias con marca genérica. Soportes como Facebook y otros ayudaron a la propagación de esta palabra disidente. Al no existir una norma sancionatoria contra la violencia de género, la mediación del conflicto a través de los establecimientos educacionales no era ni siquiera una posibilidad, no existía. La relación con la institución/órgano se hizo cada vez más ajena, más lejana. 

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Adicta imagen de Alejandra Castillo, presenta dentro de sus múltiples nudos, la posibilidad de volver a pensar esa hebra, la de la toma de la palabra en los feminismos. Frente a la percepción del tiempo de la revuelta como “estallido” (estallido social, estallido feminista), la filósofa feminista nos permite repensar las temporalidades en que narramos este presente absoluto, que se nos ha presentado desde la imposibilidad de pensar en un futuro otro. La inmediatez de la imagen nos muestra a las miles de candidatas y candidatos a constituyentes desde las preferencias algorítmicas de las redes sociales. Sus fotos sonrientes nos hablan de votar mujer, votar feminista, votar dignidad. Las clases se realizan por zoom y las organizaciones estudiantiles ya no existen más allá de los foros y los lives. Las cifras, tweets, selfies, perfiles de tinder se desplazan rápidamente por la verticalidad de la pantalla, del timeline en la que cada red registra una versión diferente de nuestra propia biografía. Las limitaciones ambulatorias propias de la pandemia hacen que dicha información visual sea nuestra única red de contacto con lo colectivo. La política comienza a cifrarse desde el hashtag y el diseño de una red de seguidores que hagan virales las publicaciones de las candidatas y candidatos. El triunfo está en que lo publicado en una de esas redes se masifique de tal modo que pueda trascender a otras y activar el llamado de los periodistas de los medios de comunicación masivos como la televisión y los diarios. 

La inmediatez de la política proyecta un nuevo marco de transparencia. Con solo meternos en sus redes podemos saber qué coyunturas les interesan, cómo se visten, desde qué identidad se posicionan, y los aspectos más íntimos que las candidatas y candidatos decidan mostrarnos de sus vidas. Con la paridad como política de la presencia, las campañas evidencian aquella necesidad de -como señala Castillo- que las mujeres se presenten lo suficientemente transversales y “transparentes” como para ser útiles en el juego de la política (86). Aunque la construcción de una política feminista comenzó a ser una tarea para los partidos políticos luego del mayo del 2018, la multiplicidad de su significante vuelve a enmarcarse en el enfoque de género. El “problema mujer” se vuelve visible cuando una especie de filtro violeta interviene la imagen. El sello está en mencionar la violencia de género, los derechos sexuales y reproductivos, y la necesidad de ser nombradas en la nueva Constitución. No obstante, dicho enfoque vuelve invisibles las tensiones que anteceden este presente, todo pasado. 

Este libro nos invita a retejer desde la potencia emancipatoria de la revuelta, la invención desde lo en común. Para ello se hace indispensable pensar la urdimbre desde otros pasados, que alteren la historia oficial del neutral-masculino, y de los roles que mujeres y disidencias hemos ocupado en ella como excepción, como madre, como víctima. Leyendo el Manifiesto cyborg de Haraway, Castillo nos recuerda que no se trata solo de hacer visible lo que ha estado excluido, sino de transformar las coordenadas que han hecho posible tales exclusiones (126). ¿Cómo estamos narrando la historia del feminismo?, ¿cuál es nuestra memoria feminista?, ¿cómo emerge un momento constituyente que habilita la irrupción de otras cuerpas y cuerpos en la protesta?, son algunas de las preguntas que nos propone su lectura. Si la paridad visibiliza y permite enfocar el desarrollo de la política en otras cuerpas, ¿qué experiencias, qué historias nos permiten pensar en una política otra? Una donde las feministas no se vuelvan clase política. Una donde pese a que muchas de nosotras no vayamos a ocupar los espacios institucionales, no sintamos el vacío entre el poder político y nuestras vidas. Una donde la distancia no sea solo un problema mirado con desdén a través de las cifras que reflejan las encuestas. Una que viabilice la posibilidad de repensar para qué y cómo queremos ser nombradas por el Estado. Una en que la ficción de la transparencia no nos encandile, no nos impida proyectar otros futuros más allá del orden colonial familiar y la división de clases. 



* Sofía Esther Brito (1994). Escritora y activista feminista. Compiladora de “Por una Constitución feminista”, “Desafíos para nuestro momento constituyente”, entre otros textos. 




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