[esp] Andrea Balart - El arte de los pequeños triunfos

A grandes agresiones, pequeños triunfos. El feminismo toma la forma muchas veces de fiestas que se van acabando. Todo termina, tarde o temprano. La condición humana está limitada por el nacimiento y la muerte, como notaba Hannah Arendt. También por el espacio en el que estamos y el cielo que se extiende sobre nuestras cabezas. La verdad, lo que no logramos cambiar, dice Arendt. También nos limita. La verdad es tenaz, es porfiada, se abre camino en un terreno árido y rocoso hasta salir a la superficie, como el brote de una semilla obstinada. La muerte nos arrebata el impulso, incluso así la verdad sigue estando ahí. 

El feminismo es la revolución de la verdad. De la verdad tenaz. La que surge de bajo el agua para tomar aire y terminar la fiesta. El patriarcado ha tenido que asentarse en el silencio y la mentira para sobrevivir. Es una organización absurda. Su antídoto es el amor y la sororidad. El feminismo es también el arte de la sororidad. Como todo arte, cuesta trabajo. Es un arte refinado, elegante y simple al mismo tiempo, con tal capacidad, que ha logrado romper las redes infames de protección de los anfitriones siniestros de fiestas. 

Se le acabó la fiesta a Nicolás Espejo Yaksic, denunciado en UNICEF Nueva York y en la Fundación para la Confianza, hasta el momento, y eliminado de un panel de ONU Mujeres en marzo pasado por abusador. Se le acabó a Patrick Poivre d'Arvor, PPDA, denunciado hasta el momento por veintisiete mujeres por violencia sexual y violación, diecisiete de ellas en tribunales. Se le acabó a Nicolás López, denunciado por al menos veinte mujeres por acoso sexual, abuso y violación, y condenado a la pena de cárcel de cinco años y un día por abuso sexual reiterado. Y a tantos, tantos otros que, si el narcisismo no les cegaba la vista groseramente, quizá en el fondo lo veían venir. Los fines de fiesta son fantásticos.

Aún hay más alegrías. La Corte de Casación, el más alto tribunal del poder judicial francés, acaba de decir que tenemos derecho a hablar. La Corte rechazó en mayo los recursos de Pierre Joxe y Éric Brion, desestimando definitivamente las querellas que habían presentado por difamación contra Alexandra Besson y Sandra Muller, quienes los acusaron de violencia sexual y acoso sexual. En estos dos casos emblemáticos de #metoo, la Corte consideró que los comentarios de las dos denunciantes descansaban “sobre una base fáctica suficiente” para reconocerles “el beneficio de la buena fe”, y que sí contribuyeron a “un debate de interés general sobre la denuncia de los comportamientos sexuales no consentidos de ciertos hombres hacia las mujeres.” Dos decisiones notables que dan una señal muy fuerte a los tribunales que tendrán que decidir sobre este tipo de casos, para ir terminando con las fiestas.

No sólo la verdad es tenaz. También el intento por aferrarse a la mierda. Por seguir invitado a los escombros de la fiesta. Por “separar el hombre del artista”. Por dios, no porque a Bertrand Cantat se le ocurra cantar canciones que hablan de amor va a cambiar lo que es: un asesino, que le pegó veinte golpes en la cabeza a Marie Trintignant, para dejarla luego agonizar a muerte hasta el amanecer en la cama. Quien impulsó al suicidio a Krisztina Rády por sus conductas violentas. No hay separación posible. Sólo un gremio de cínicos puede defender algo semejante. Sólo quien teme el cierre de las cortinas porque sabe que el fin de la fiesta va a dejar al descubierto bastante más mierda de la que se ve cuando las luces del fin del espectáculo todavía no se han encendido. 

La sororidad es una responsabilidad ineludible. Lamentablemente, también hay mujeres que se aferran a la mierda. Es una conducta que me llama la atención. Igual que los narcisistas no completamente cegados, en el fondo saben que la verdad es tenaz y que cuando llega a la superficie hay que observarla con mayor detenimiento porque detrás hay años de dolor. De tiempo. Conversaciones. Dinero en psicólogos, psiquiatras. Suicidios. Esfuerzo. Miedo. Valentía. En el fondo saben que todo es verdad. Sólo pertenecen al gremio de los cínicos. Los dividendos de pertenecer son más difusos en este caso que siendo parte de los invitados opresores. ¿Por qué diablos defiende una mujer a la mierda que también se le viene encima? Como tan bien observó Simone de Beauvoir, el opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos. 

Antes de que la muerte acabe con nosotros, llenémonos de pequeños triunfos que vayan despejando el camino para construir un mundo distinto. Como dijo Aldo Bucchi, ahora mismo hay un hombre diminuto, con aspecto de duende, que está escuchando noticias sobre familias rotas, sueños destrozados y sufrimiento infinito y piensa: ¡sí, dame más de eso, mírame, soy tan poderoso!, ¡tenemos que dejar de elegir a los peores para que dirijan al resto! Y como dijo Jorge Drexler, y al final, siempre ando a tientas, sin brújula en la tormenta, pero tras el desaliento, cada cuento, si ha de pintarse, se pinta, tiempo y tinta, tiempo y tinta, tiempo y tinta. Escribamos esas historias de tinta herida y tiempo, y terminemos con las fiestas que nos hacen daño. El feminismo es el arte de los pequeños triunfos. Justicia, política pura y amor.


* Andrea Balart es escritora y abogada de derechos humanos. Activista feminista, cofundadora, codirectora y editora de Simone // Revista / Revue / Journal, y traductora (fr-eng-esp). Franco-chilena, nació en Santiago de Chile y vive en Lyon, Francia.



© Andrea Balart.





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