En mi país no se aceptan los grises; en Venezuela se dividió, se venció y las familias se rompieron luego del abrazo de fin de año. El régimen monopolizó un discurso de socialismo, justicia, igualdad, cuidado y de amor al prójimo. Lo masticó y nos vomitó pistolas. Del otro lado, se le prendieron velas a los contrarios: capitalismo, imperio, conservadurismo. “Quemen los barrios populares”, dijeron muchos, “porque la pobreza es culpa del pobre que quiere que todo se lo den” y “el pobre vota por Chávez/Maduro”. En el medio, el odio: oligarcas, marginales, escuálidos, enchufados, se gritan de un lado al otro.
El régimen, sin embargo, sí supo muy bien cómo habitar los ángulos muertos de los extremos. Al mundo se mostraron como una izquierda sólida, popular y decolonial. Adentro, entre el parque Nacional Canaima y el estado Amazonas, en el arco minero, nuestros pueblos originarios se vieron desplazados, explotados y – en caso de que se resistiesen al robo a mano armada de sus tierras por parte de mineros y militares – asesinados. En estos últimos 26 años, nuestra selva se convirtió en terreno fértil de trabajo forzado infantil, envenenamiento de aguas, árboles milenarios talados, fauna exterminada y de mujeres, cada vez más jóvenes, usadas como moneda de cambio [1].
En la misma lógica macabra, feminizaron el lenguaje: la primera dama se convirtió en la “primera combatiente” y por primera vez se escucharon en la tele palabras como “ingeniera”, “arquitecta” o “lideresa”. Ahora celebrada, la mujer se convirtió en una pieza clave del gran proyecto llamado “la revolución bolivariana”. Inclusión a cambio de trabajo voluntario, mujer apoderada exclusivamente si cuidadora – de lo privado en el hogar a lo público en su comunidad [2]. Esta visión esencialista de la mujer les sirvió para condenar todo lo que se saliera del molde de la “buena revolucionaria”, dispuesta a tomar las armas por su patria, pero encarcelada si una fuga de queja de hambre o de falta de servicios llegara a colarse por un grupo de whatsapp compartido con vecinos malintencionados.
“Tienen en mí un hermano, un presidente que no solo se declara feminista sino que cree que la mujer es superior a cualquier hombre en su sensibilidad, entrega y humanidad”, dijo Nicolás Maduro en 2018, en el marco del 8M. Solo que si hablamos de derechos reproductivos, el aborto es ilegal en Venezuela (siendo la única excepción que la vida de la madre esté en peligro), la educación sexual en las escuelas es extremadamente precaria (en caso de que existiese), la pobreza menstrual es una realidad que afecta la vida de la gran mayoría de personas menstruantes en el país [3] y el simple acceso a métodos anticonceptivos se convirtió en un recuerdo vago del pasado, debido a los altos costos y a la escasez.
Como en tantos otros países, la impunidad y la violencia machista también son utilizadas como herramientas de dominación. Así lo demuestran las denuncias de violencia de género no atendidas, los altos índices de feminicidios [4], de explotación sexual, la estigmatización de la comunidad LGBTQ+, así también las torturas y agresiones sexuales vividas por cientos de mujeres privadas de libertad por motivos políticos. Como es el caso de Emirlendris Benítez, acusada sin pruebas de terrorismo en agosto del 2018, a quien encarcelaron estando embarazada, torturaron hasta producirle un aborto y le hicieron un curetaje uterino sin autorización que la dejó en sillas de ruedas [5].
Cuando decidí migrar de Venezuela, no solo quería huir de la violencia de Estado y de la calle, también deseaba con todas mis fuerzas dejar atrás la crueldad de la polarización política, salir de esa pesadilla discursiva donde defender políticas sociales u osar nombrar el patriarcado te hacen cómplice de la dictadura. O, en el caso contrario, pero idéntico, donde posicionarse contra la dictadura te convierte automáticamente en una capitalista/colonialista/antifeminista sanguinaria. Pero para mi sorpresa (y gran ingenuidad), la polarización no es un producto exclusivo de regímenes totalitarios. No pasó más de un mes hasta que alguien me dijo, en un idioma que apenas comprendía, que en mi país no había dictadura, que no sabía de lo que estaba hablando.
Poco a poco aprendí a argumentar en lengua prestada y a pasar de largo personas que, viviendo plenamente una vida con acceso a la salud, comida en la mesa, domingos familiares y, en corto, libertad de expresión, quisieron explicarme las bondades del gobierno venezolano. También conseguí, eventualmente, calmar mi desesperación cada vez que una compañera o un compañero de América Latina invalidaba mi experiencia para poder sostener cómodamente su teoría y su militantismo… Hasta el 3 de enero del 2026.
Ese día, tras meses de ataques aéreos a embarcaciones venezolanas acusadas (sin pruebas) de narcotráfico [6], seguido de la llegada del portaaviones más grande de Estados Unidos al mar Caribe, Caracas fue bombardeada en la madrugada bajo las órdenes del gobierno de Donald Trump. Nicolás Maduro – extraído del Palacio de Miraflores junto a su esposa, Cilia Flores —, amaneció en Nueva York, luego de una leve conexión en Guantánamo, listo para ser transportado a la cárcel donde también está retenido P. Diddy.
Entonces todo el mundo tuvo algo que decir sobre Venezuela. Por suerte, la opinión pública sigue indignándose de las políticas intervencionistas de Estados Unidos, de la historia que se repite al infinito de los países del sur global saqueados en nombre de la salvación, así como de la violación del derecho internacional. El ataque a Venezuela abrió una brecha de nuevos posibles en materia de violación de soberanías y cada quien, con toda la razón, temió por la de su país respectivo.
Sin embargo, los pueblos no solo desaparecen en la oscuridad, también lo hacen por el exceso de visibilidad: “demasiada luz enceguece”, dice Georges-Didi Huberman [7]. En los medios y en las redes sociales nuestro petróleo (¿nuestro?) se hizo tendencia y condenaron tanto las acciones de Trump, como a los venezolanos que se alegraron de la captura de Maduro. Se hablaba de Venezuela, pero poco o nada de la crisis humanitaria que hemos atravesado por décadas, de las personas privadas de libertad en centros de tortura por motivos políticos, del hambre, las desapariciones forzadas o de los 8 millones de migrantes. Irónicamente, quienes condenaban las acciones de Trump, solo tenían ojos para el petróleo de Venezuela y no para su gente.
Y en la oscuridad más absoluta en lo que refiere a visibilidad internacional, los campamentos de familiares de presas y presos políticos fuera de las cárceles emblemáticas del régimen. En su gran mayoría mujeres esperando noche tras noche tener noticias de sus seres queridos, detenidos arbitrariamente por el régimen de Nicolás Maduro. Madres, hermanas, abuelas y esposas, muchas de ellas llegadas desde otros estados a la capital, dejando atrás trabajos y hogares, en condiciones de alta precariedad, para exigir la liberación o al menos una fe de vida de los suyos, pues siguen sin obtener información desde que fueron secuestrados por el régimen.
Para el momento de la captura de Nicolás Maduro, se registraban cerca de 1000 presos políticos, contando cientos de menores de edad y personas con discapacidad, sometidos a condiciones inhumanas de detención, acusados de terrorismo, traición a la patria y asociación para delinquir sin pruebas que lo demostrasen. Cifra probablemente muy por debajo de lo real, tomando en cuenta que muchas personas no denunciaron las detenciones de sus familiares por miedo a represalias. Desde entonces, la presidenta interina Delcy Rodríguez – quien antes de ser vicepresidente estuvo a cargo del SEBIN, el órgano policial responsable de las desapariciones y las torturas, íntima de Maduro y validada por Trump– , se comprometió a impulsar una ley de amnistía para la liberación de los presos políticos que terminó de aprobarse el 19 de febrero del 2026 [8]. Al momento de escribir este texto, se cuentan 409 personas aún en privación de libertad [9].
Mientras tanto, estas mujeres siguen resistiendo fuera de los recintos penitenciarios, solidarizándose entre ellas, haciendo bloque firme a pesar del miedo y la desesperación. Se organizan, dan nombres y cifras, pelean por sus presas y presos, las que pueden les llevan comida y ropa, otras gritan desde afuera esperando que puedan escucharlas para que sepan que afuera hay alguien esperando. Comenzaron una huelga de hambre, hacen vigilias, levantan y vuelven a establecer campamentos, siguiendo a sus familiares de cárcel en cárcel, siendo los traslados injustificados de prisioneros una constante en su cotidianidad de lucha.
Seis de ellas han perdido la vida: Carmen Dávila, de casi 90 años, murió sin saber que su hijo ya había sido liberado; fue hospitalizada tras un año de espera y, cuando él salió de la cárcel, ella ya estaba inconsciente. Yarelis Salas, de 39 años, sufrió un accidente cardiovascular durante una vigilia a las afueras de la cárcel donde retenían a su hijo. Omaira Sánchez también murió a causa de un accidente cardiovascular luego de 4 años intentando conocer el paradero de su hijo. Yenny Barrios, paciente oncológica acusada ella misma de terrorismo, encarcelada durante meses sin posibilidad de acceder a su quimioterapia, falleció sola en el hospital sin poder reencontrarse con su hijo, preso por haber publicado un video en el que solicitaba cambiar un medicamento por otro para el tratamiento de su madre. También está Carmen Teresa Navas, que a sus 82 años pasó 16 meses buscando desesperadamente a su hijo, sin respuesta clara de las autoridades, que la enviaban de una cárcel a otra, solo para que le confirmaran el 7 de mayo de 2026 que su hijo había muerto en julio de 2025. Carmen murió 10 días después [10]. Y María Concepción Sánchez, otro ACV, falleció al enterarse de que su hijo no formaba parte de las últimas liberaciones [11]. Lamentablemente, esta lista no para de crecer. ¿Cuánta violencia puede aguantar un cuerpo?
Hablar de la intervención de Estados Unidos sin tomar en cuenta a estas mujeres ni la historia del país que las ha llevado hasta donde están hoy es ignorar lo que hemos vivido los venezolanos durante estos últimos 26 años, bajo un gobierno que se proclamó socialista, pero que devino rápidamente dictadura militar, donde las voces disidentes son sistemáticamente silenciadas. Podemos alegrarnos de ver a un dictador que se dice de izquierda en prisión al mismo tiempo que condenamos la injerencia de Estados Unidos. Y si pensar estas contradicciones nos desestabiliza, entonces quizá ya sea el momento de hacerle cara a la incomodidad. Como le dijo una de las madres, Evelis Cano, a los policías que acechan las protestas de los familiares de los presos políticos: “quítense esos corazones de piedra” [12]. En este mundo de polaridades, yo quisiera apostar por la escucha, el cuidado y la empatía por encima de una postura política incapaz de cuestionarse a sí misma.
[1] ONU. (2020). Venezuela: ONU publica informe sobre el control criminal de la región minera y sobre temas de la justicia en general. https://www.ohchr.org/es/2020/07/venezuela-un-releases-report-criminal-control-mining-area-and-wider-justice-issues
[2] Nueva Sociedad (2018). La feminización del chavismo. Las mujeres pobres como instrumentos de la política social. https://nuso.org/articulo/la-feminizacion-del-chavismo/
[3] Córdova, E. (2025). Pobreza y exclusión social complican la gestión menstrual en Venezuela. Runrun.es. https://runrun.es/noticias/580977/pobreza-y-exclusion-social-complican-gestion-menstrual-en-venezuela/
[4] Según Utopix (2025), en 2025 se registró un femicidio cada 53 horas. https://utopix.cc/pix/septiembre-de-2025-son-17-casos-para-un-total-de-123-femicidios-en-venezuela-en-9-meses/
[5] Foro Penal. Presas políticas en Venezuela entre la cárcel y el olvido. https://foropenal.com/presas-politicas-en-venezuela-entre-la-carcel-y-el-olvido/
[6] The New York Times. (2025) Lo que revelan los videos de los ataques a embarcaciones en el Caribe y el Pacífico. https://www.nytimes.com/es/2025/11/26/espanol/estados-unidos/video-ataques-barcos-venezuela.html
[7] Georges Didi-Huberman. (2012). Peuples exposés, peuples figurants. Paris : Les Éditions de Minuit.
[8] BBC Mundo. (2026). La Asamblea Nacional de Venezuela aprueba una ley de amnistía que organizaciones de derechos humanos consideran limitada. https://www.bbc.com/mundo/articles/c99j105gkvro
[9] Según el conteo en tiempo real realizado por el Foro Pena, ONG que ofrece asistencia jurídica pro bono a personas detenidas arbitrariamente en Venezuela: https://foropenal.com/
[10] Efecto Cocuyo. (2026). Carmen Navas, la madre de 86 años que recorrió las cárceles buscando a un hijo que el Estado ya había enterrado. https://efectococuyo.com/la-humanidad/carmen-navas-la-madre-de-86-anos-que-recorrio-carceles-buscando-a-un-hijo-que-el-estado-ya-había-enterrado/
[11] elDiario.es. (2026, 25 de mayo). Muerte de madre de preso político. https://eldiario.com/2026/05/25/muerte-madre-preso-politico/
[12] El País. (2026). La desesperada lucha de las madres de presos políticos en Venezuela. justiciahttps://elpais.com/america/2026-01-28/la-desesperada-lucha-de-las-madres-de-presos-politicos-en-venezuela-no-tienen-misericordia-exigimos-justicia.html
* Nancy Moreno Pinto (Venezuela) se formó en Letras antes de integrarse al equipo de Lugar Común, librería y centro cultural en Caracas, primero como librera y posteriormente como coordinadora de programación cultural. En 2015, cofundó la biblioteca itinerante « Pasa la Cebra », con el objetivo de acercar la lectura a los niños de Petare, un barrio desfavorecido de Caracas, y promover la reapropiación del espacio público a través de actividades culturales.
En 2017, se instaló en Francia para continuar sus estudios y realizó un máster en Mediaciones Urbanas, Saberes y Experticias en la Universidad Lyon 2. Posteriormente, se incorporó al equipo de October Octopus como programadora cultural, donde concibe y coordina proyectos culturales en Francia y a nivel internacional, entre ellos festivales, ferias del libro y programas académicos.
© Mariangela Abbruzzese
* Mariangela Abbruzzese. Venezolana viviendo en México. Profesora de tiempo completo en la Escuela de Comunicación de la Universidad del Claustro de Sor Juana.
IG: @recortaymueve


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