Inmigrante parece ser una categoría eterna en ocasiones. Lo que revela, me parece, una especie de malentendido en relación a qué significa pertenecer. Eso en un nivel inicial. De buenas a primeras, digámoslo así. En mi caso, y en el de muchas personas, se nos pregunta de dónde eres, en cualquier lugar del mundo, sin excepción. En Chile (desde siempre), me preguntan de dónde soy, aquí en Francia me preguntan cuál es mi origen, y en España me preguntan de dónde vengo, dado que hay un sinfín de criterios, sin embargo estrictos, aunque antojadizos al mismo tiempo. Puedo echar mano a los papeles para demostrar que no soy apátrida, lo que resuelve el problema de pertenecer a algún lado, al menos formalmente. Tal vez esa pregunta, sencilla e inofensiva a simple vista, esconde un pequeño ímpetu fascista en cada uno de nosotros. Por descontado todas las personas quieren pertenecer a algún lado. La sociedad ha descubierto en la discriminación un instrumento letal con que matar sin derramar sangre, escribe Hannah Arendt, los pasaportes, las partidas de nacimiento, y a veces incluso la declaración de la renta, ya no son documentos formales sino que se han convertido en asunto de diferenciación social. Cierto que la mayoría de nosotros depende por completo de los valores de la sociedad; perdemos la confianza en nosotros mismos cuando ésta no nos protege, cierto que estamos dispuestos (y siempre lo hemos estado) a pagar cualquier precio para que la sociedad nos acepte, continúa Arendt, pero igual de cierto es que los poquísimos de nosotros que han seguido su propio camino sin todas estas dudosas artimañas de la adaptación y la asimilación han pagado un precio demasiado alto: se han jugado las pocas oportunidades que hasta un proscrito tiene todavía en este mundo al revés. En resumen, la pregunta de dónde eres, cuál es tu origen, o de dónde vienes, muchas veces contempla una encrucijada, y encierra una respuesta imposible. Sólo se te concede la siguiente categoría: inmigrante. Existencialmente inmigrante. Entonces una, como perro apaleado, sabe que es un derecho pertenecer a algún lado. Pero el interlocutor quiere una respuesta clara, en una sola frase, breve, sin rodeos. Luego hay un segundo nivel. Después de trece años en un lugar, las preguntas ya se las hace una misma, y son mucho más difíciles, porque estas permanecen más allá de una conversación. Primero es sobrevivir, y en un momento son esas otras preguntas, esas de la libertad absoluta cuando no se es nada, y de la soledad. Quién soy, por qué estoy aquí, de dónde soy, qué soy, qué es ser, qué espero, qué busco, qué tengo, ¿existo? ¿Sirvo para algo? Al perder nuestro hogar perdimos nuestra familiaridad con la vida cotidiana, escribe Arendt, al perder nuestra profesión perdimos nuestra confianza en ser de alguna manera útiles en este mundo, al perder nuestra lengua perdimos la naturalidad de nuestras reacciones, la sencillez de nuestros gestos y la expresión espontánea de nuestros sentimientos. En relación a por qué estoy aquí, puedo mencionar aspectos grandilocuentes, sin embargo la respuesta es mucho más simple: estoy mejor aquí que en ningún otro lado. Lo que no significa que todo sea chutear y abrazarse, para emplear una expresión de mi abuela, que siempre tenía expresiones divertidas. Lo que quiere decir que a veces la soledad me atrapa, y el esfuerzo constante de construir algo que se parezca a una vida me desencaja por momentos. La inmigración existencial tiene en sí un germen de margen permanente. Yo me siento una especie de refugiada, desde que me vine, y ahora sin duda, con un gobierno fascista elegido democráticamente. Aunque el impulso fascista se esconde también en otro tipo de gobiernos, aunque no lo sean abiertamente. Es cosa de ver a quién apunta el rearme demográfico. Hay que ser muy optimista o muy fuerte para construir una existencia nueva, así es que manifestamos gran optimismo, escribe Arendt. El ser humano es un animal sociable y su vida le resulta difícil si se le aísla de sus relaciones sociales, escribe Arendt, es mucho más fácil mantener los valores morales en un contexto social y muy pocos individuos tienen fuerzas para conservar su integridad si su posición social, política y jurídica es confusa. Los primeros ocho años estuve en un limbo migratorio cuya sensación es difícil de describir, dado el vértigo que eso implica, y la imposibilidad de trazar líneas hacia adelante, que colinda con cada decisión que hay que tomar. Los últimos cinco despejé ese tema, y llegaron otros desafíos, igual o más difíciles. Qué es ser. Al final, esa pregunta tiene una sola dimensión real, que tiene relación con la vida cotidiana. Lo que cuenta es lo que uno es todos los días, cada batalla, cada pequeño triunfo, cada gesto, cada conversación, cada lectura. Pertenecer es tener la valentía de entrar en la vida, cueste lo que cueste. El movimiento es la cara visible, pero lo que cuenta es quien uno cree ser, hacia dónde van nuestros esfuerzos. Somos ya lo que empezamos a ser. No existe en verdad la condición de inmigrante eterno, es una falacia. Por eso a los de ideas fascistas les decimos: ya lo somos, y eso no se modifica nunca. De dónde soy. Soy de aquí, dondequiera que esté.
Andréa Balart-Perrier
Lyon, 26 de marzo de 2026.
